José ramón ripoll. cádiz en manuel de falla. una vida atlántica

José ramón ripoll. cádiz en manuel de falla. una vida atlántica
XIX FESTIVAL DE MÚSICA ESPAÑOLA DE CÁDIZ MANUEL DE FALLA Cádiz no fue sólo un accidente en la vida y obra del compositor, sino el importante escenario de su infancia y su primera juventud, la ciudad donde emprendió sus primeros estudios musicales y el paisaje al que recurrió como fuente de inspiración en varias ocasiones de su carrera musical. En su casa natal de la Plaza de Mina y en la posterior de la calle Ancha, Falla construyó gran parte de sus sueños que, más tarde, iban a adquirir formas sonoras. A modo de anécdota, recordemos que el origen de El retablo de maese Pedro y Atlántida fue un teatrillo de títeres y una ciudad imaginaria que el niño músico situó en los confines gaditanos, y no es casual que en el tejido tímbrico de El retablo parezca resonar un entramado de oboe, clarinete y fagot, propio de las cofradías de penitencia de la Semana Santa gaditana o que en varios de sus pasajes retumbe una algarabía, que bien podría provenir del acentuado ritmo del antiguo carnaval gaditano, del que Falla fue testigo y buen oidor. Cádiz se manifiesta abiertamente en la primitiva versión del Amor brujo (1915), donde el cuadro primero se desarrolla en una cueva de gitanos cerca del mar. Falla intenta reproducir el rumoroso son de las olas en la escena inmediata a la «Introducción». Para ello, el compositor utiliza el material del «Nocturno de Cádiz», pieza inexistente y destinada en un primer momento a formar parte de sus proyectados «Nocturnos para piano y orquesta», que acabarían convirtiéndose en Noches en los jardines de España, pero sin Cádiz en la versión final (1909-1916). El oleaje se siente en esta versión de El amor brujo, de la misma manera que también se deja oír en una de las obras posteriores, aparentemente “castellana”, alejada de la tradición andaluza, y cercana a un lenguaje más actualizado, como el Concerto para clave y cinco instrumentos (1923- 1926), sobre todo en el segundo movimiento, arpegiado y rumoroso. Por otra parte, fueron numerosos los amigos del compositor que pertenecieron a la tradición de la ciudad. Incluso, cuando junto a su familia abandona su tierra natal para instalarse en Madrid, los recuerdos de Cádiz siguen permaneciendo vivos en él. En 1926, Manuel de Falla viaja a Cádiz, y el Ayuntamiento de la ciudad lo nombra «Hijo Predilecto». Y en 1930, cuando vuelve para dirigir un concierto en el teatro que hoy lleva su nombre, visita el litoral gaditano, concretamente la Isla de Sancti Petri, y comenta que los sonidos del mar van a ser el embrión de su obra inconclusa. Esta última partitura, Atlántida, la dedicará a Cádiz junto a Barcelona y Granada. Allí se canta a Gerión, y se evoca la llegada de Alcides a Gades: manifiesto de una vida y una mirada atlánticas, estrechamente vinculadas a su origen. Al final de esta vida, sus restos serían trasladados desde Alta Gracia (Argentina) hasta la cripta de la Catedral gaditana, donde reposan desde el año 1947. La exposición busca ser una guía permanente y un itinerario del compositor gaditano desde su nacimiento hasta su muerte, donde se ensamblan vida y obra deteniéndose en los momentos más importantes de su carrera, y haciendo hincapié en la presencia atlántica, tanto en su biografía como en su producción.
Fecha del evento
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Hora
De miércoles a sábado de 10:00 a 14:00 h.
Dirección
Casa Pinillos

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